Este Otoño de “encierro” contrasta muchísimo con el Otoño anterior. Supongo que si eres de los que te gusta colgarte la cámara para salir a capturar momentos, estarás como muchos de mis amigos: nostálgicamente sintiendo la falta de los colores que nos han regalado otros Otoños con más libertad.

Ayer, por ejemplo, Instagram me recordó una imagen que había compartido hacía exactamente un año atrás, donde junto a otro grupo de “rayados” nos habíamos ido a la Araucanía Andina a seguir nuestro proceso de aprendizaje en el mundo de la Fotografía. Es verdad, esa foto estaba llena de esos colores otoñales que últimamente llenan las redes sociales. ¿Era eso lo que estaba extrañando?

Al ver la foto, un sinnúmero de escenas volvieron a mi cabeza: el parar el auto en cualquier lado para bajarnos a buscar “la” foto (aún no la encuentro…); las risas de las tertulias con aquel grupo de personas, muchas de ellas a las que recién conocía; la caminata eterna de subida en el P.N. Huerquehue, el bosque que se dormía con sus colores, pero a la vez despertaba con cada especie diferente de hongos; el frío en el P.N. Conguillío; la nieve llegando al paso Mamuil Malal. Todo resumido en ese estado mental que siempre me baja cuando estoy en un bosque, que es difícil de explicar y que muchas personas no entienden.

Pero ese otoño no está y no tenía intenciones de quedarme llorando su ausencia. Agradezco a la vida el poder vivir en la zona rural, a la entrada de la Carretera Austral, y junto a mis hijos empezamos no a mirar, sino a observar nuestro entorno. Los colores del otoño están en mi jardín, los reconocemos fácilmente, y poco a poco comenzamos juntos a descubrir también el reino Fungi.

Llevo 14 años viviendo aquí y nunca había “observado” mi jardín con ojos de Otoño. Cada día ha sido un safari, con cámara y guía de identificación en mano, descubrimos nuevas formas y colores, nuevos hábitats, y así aprovechamos de aprender todos. Desempolvé mi réflex vieja y mi hijo de 11 años ahora la lleva al cuello. Mi hija, a punto de cumplir 8, por su lado sale todos los días con su compacta en la mano.

Está siendo un otoño diferente, pero creo que cuando llegue el próximo nuevamente extrañaré no solo los colores de las hojas (esos se pueden encontrar en muchos lugares), sino los colores internos: los momentos compartidos y esa paz que solo nos regala la Naturaleza. Mientras tanto espero, y orgullosa escucho a mi hija de siete años decirme: “Mamá, cuando podamos salir, por favor vamos al bosque…” Ella también lo entiende.