¿Recuerdan cuando vieron por primera vez la vía láctea y esos cúmulos luminosos eternos que brillan en las noches sin luna? Yo, sí lo recuerdo. Fue a los 11 años en las cercanías de Coñaripe, donde no había postes de luz, ni focos potentes (ahora se que se llama contaminación lumínica). Quedé maravillado, con la boca abierta, como cuando te dicen “cierra la boca que te van a entrar moscas”.

Así fue, nunca en mis cortos años había visto tanta estrella junta. Incluso hasta algo de miedo sentí por lo desconocido que fue para mi ese cambio radical, de la ciudad a esa oscuridad total. Ver el cielo mucho más cerca que antes, estrellas de colores, satélites (que pensé eran ovnis, totalmente inocente). También esa noche me indicaron cual era la Cruz del Sur y las Tres Marías… ya me creía un astronauta por saber eso. Y lo mejor de todo, aún quedaban muchas noches para contemplar ese cielo.

Andaba en un campamento scout. Ahí comenzó ese vínculo con las estrellas, y cada noche en que pueda verlas levanto mi cabeza y lo primero que hago es ubicar la Cruz del Sur (es mi favorita) y no me quedo tranquilo hasta que la veo y digo en mi mente “ahí está” (algunos pueden pensar que me falta un tornillo, pero para mí es como saludar a un amigo que me hace saber dónde estoy parado). Bueno y así fue mi primer encuentro con el universo eterno.

Pasaron los años, seguí acampando, seguí mirando las estrellas. Incluso la vida se encargó de llevarme hasta uno de los lugares con los cielos menos contaminados por la luz artificial, la maravillosa y tremenda Patagonia, específicamente en los fiordos y canales de la XI Región. Quizás ahí los cielos no siempre están despejados, pero cuando se encuentran sin nubes es como si pudieras alzar la mano y tocar las estrellas.

Pero algo faltaba, ese nexo aún no estaba completo. Se los haré saber con otra pregunta: ¿Qué sintieron cuando vieron por primera vez una foto de las estrellas? La verdad yo no lo podía creer, pero ¿Cómo?, pensaba que eso no era una imagen real… “me están ¿webiando?”.  Quería tener mi propia foto, pero asumí que era muy difícil y además debía tener equipos muy caros. Y tampoco era el momento, pero mi mente me decía que quería hacer eso, y con ello perpetuar mi vinculo con el universo.

Hasta que llegó el momento: pase por unos problemas y necesitaba poder concentrarme en algo que me motivara y que también me gustara y recordé ¡La fotografía a las estrellas! Y el universo me guió a un par de amigos que ya estaban sacando fotos, así que empecé a estrujarlos en preguntas para hacerme de mi primera cámara, hasta que la obtuve, me enseñaron y me entregaron herramientas.

Pero no podía siempre depender de ellos, necesitaba mi independencia, poder utilizar mi cámara sin bombardear en preguntas a otros. Realicé mi primer curso básico, justamente con Cristian Larrere. Y vaya noche en ese curso, nos acompañó un cielo despejado, pero en la ciudad. Sin pensarlo me largué al Parque Conguillio… no me importaba la hora ni la distancia, porque necesitaba más fotos, más estrellas, poner en práctica lo que estaba aprendiendo.

Desde ese momento el vínculo cada vez sigue más firme, ahora hay más fotos a las estrellas, aprendí otras técnicas, pero sobre todo me siento más cerca de ellas, que es lo importante para mi. Quizás no podré llegar nunca a alguna, pero con cada foto que hago es un viaje más y eso me tranquiliza, mirar un cielo estrellado me relaja, me saca de donde estoy, me hace sentirme vivo. Además, en este viaje interestelar he podido conocer gente maravillosa, amigos que comparten esta pasión. Si tienen las ganas atrévanse, los invitos a viajar, a acercarse a ellas, a RAYARSE con las estrellas.